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Retrato ilustrado para el ensayo sobre la segunda vuelta en Colombia
ilustración: dan williams

La primera vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia llevó a candidatos de extrema derecha y extrema izquierda a la segunda vuelta, y dejó al descubierto un país dividido por el miedo, inflamado por la retórica y peligrosamente cerca de confundir la agresividad con el liderazgo.

Lo esencial

  • La segunda vuelta del 21 de junio enfrenta a Abelardo de la Espriella, de la derecha, con Iván Cepeda, senador de izquierdas y aliado de Gustavo Petro.
  • Los grupos armados ilegales superan ya los 27.000 miembros, mientras el déficit fiscal, la deuda y la tensión del sistema sanitario ensombrecen las perspectivas.
  • La mayor prueba es la gobernabilidad: forjar los acuerdos necesarios para restablecer la seguridad, la reforma y la confianza.

Colombia no está sola en esta tendencia. En todo el mundo, los votantes se sienten cada vez más empujados a elegir entre extremos. La moderación queda atenazada, la ira se premia y la política democrática consiste menos en resolver problemas que en derrotar enemigos. Pero en Colombia, un país que conoce el coste del odio político, esta dinámica es especialmente preocupante.

La segunda vuelta y los desafíos por delante

La segunda vuelta del 21 de junio enfrenta a Abelardo de la Espriella, de la derecha, con Iván Cepeda, senador de izquierdas y aliado del actual presidente, Gustavo Petro, que no puede volver a presentarse según la Constitución. El ganador asumirá el cargo con retos enormes por delante.

Los grupos armados ilegales han crecido sustancialmente en número y poder desde 2018, y su número de miembros supera ya los 27.000. Este deterioro se ha visto alimentado por la falta de voluntad y de capacidad política de los dos últimos gobiernos para aplicar plenamente el acuerdo de paz que firmé con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en 2016, pese a tratarse de una obligación constitucional.

Algunos indicadores sociales se han mantenido resilientes, pero esta estabilidad ha tenido un coste a largo plazo: Colombia afronta déficits fiscales y deudas enormes. El sistema sanitario está sometido a una creciente tensión financiera. Los inversores se mantienen prudentes. Los ciudadanos están impacientes.

La gobernabilidad es la mayor prueba

Pero el mayor reto al que se enfrentará el próximo presidente es la gobernabilidad; es decir, si él y su Gobierno crearán las condiciones para gobernar con eficacia. Si no lo hacen, ninguna estrategia de seguridad será posible, ningún ajuste fiscal será eficaz, ninguna reforma sanitaria funcionará y ninguna política energética restablecerá la confianza.

El próximo presidente de Colombia será juzgado no solo por cómo afronte estos problemas, sino sobre todo por su capacidad para forjar acuerdos que los resuelvan.

Esta campaña ha hecho la tarea más difícil. Ambos candidatos de la segunda vuelta han utilizado un lenguaje duro, personal y destructivo. La ira se ha presentado como autenticidad; el insulto se ha premiado como valentía; la contención se ha caricaturizado como debilidad.

Ese enfoque puede ganar votos, pero la ira no construye las mayorías en el Congreso necesarias para aprobar reformas ni para restablecer la confianza institucional.

Juan Manuel Santos

El ganador heredará las consecuencias de la misma campaña que lo llevó al poder: gobernar después de haber quemado los puentes.

Por qué importa la moderación

Por eso importa la moderación. Las democracias dependen de la capacidad de alcanzar acuerdos y de aceptar que ningún bando puede gobernar como si la otra mitad del país no existiera.

Abraham Lincoln lo sabía mejor que nadie. Tras ganar la presidencia estadounidense en un país fracturado, invitó a sus rivales más feroces a formar parte de su gabinete. Lincoln comprendió que una nación dividida necesitaba no solo convicción, sino también generosidad e inteligencia política para convertir a antiguos enemigos en socios reticentes. Al hacerlo, construyó la coalición necesaria para abolir la esclavitud y ganar la guerra civil.

Nuestro Gobierno se esforzó por adoptar un enfoque lincolniano de 2010 a 2018. Tras ganar las elecciones de 2010, tendimos puentes más allá de las líneas políticas e incorporamos a mis rivales y críticos al gabinete. Esto nos dio el capital político para aprobar reformas, construir una economía fuerte y buscar la paz. También ayudó a lograr probablemente los mejores resultados que Colombia ha conseguido en lo que va de siglo.

Lo que logró un Gobierno moderado

Del 40% al 27%
Reducción de la pobreza
27.000+
Miembros de grupos armados ilegales actualmente
~13%
Coste actual de la financiación a largo plazo

La pobreza se redujo del 40% al 27%; la pobreza extrema se redujo a la mitad, hasta el 7%; y la desigualdad, medida por el coeficiente de Gini, cayó a su nivel más bajo histórico. El acceso a la atención sanitaria se convirtió en un derecho fundamental.

La seguridad también mejoró de forma espectacular y, tras la firma del acuerdo de paz, vivimos los años más pacíficos de la historia reciente. Colombia recuperó el grado de inversión y logramos obtener financiación a menos del 5%.

Propusimos y promovimos los Objetivos de Desarrollo Sostenible, nos incorporamos a la OCDE y obtuvimos un reconocimiento mundial como nunca antes. En 2016 The Economist nos eligió país del año.

Todo ello nos dio la confianza, la legitimidad y la gobernabilidad necesarias para firmar el acuerdo con las FARC, la guerrilla más antigua y poderosa de la región, y poner fin al conflicto armado más largo del hemisferio occidental. La paz fue posible porque Colombia había creado las condiciones y los puentes políticos necesarios para hacer posible lo que muchos creían imposible.

Gobernamos desde la moderación, guiados por el enfoque de la «tercera vía» de Anthony Giddens, exdirector de la London School of Economics, donde estudié: el mercado hasta donde sea posible, el Estado hasta donde sea necesario. Esto permitió a Colombia combinar responsabilidad económica, progreso social, seguridad y credibilidad internacional. No fueron frutos de la pureza ideológica. Fueron frutos de una gobernabilidad eficaz.

Lo que debe ocurrir tras la segunda vuelta

Recuperar este enfoque se vuelve más urgente a medida que crece la influencia de los grupos armados ilegales, que desgarra el tejido social, y se ensombrece el panorama fiscal. Tras perder de nuevo el grado de inversión en 2021, Colombia paga ahora alrededor del 13% por la financiación a largo plazo y su deuda ha alcanzado niveles sin precedentes.

Tras la segunda vuelta, ambos candidatos, y también el señor Petro, deben entender que la victoria electoral no otorga un mandato para profundizar la división, sino la obligación de empezar a repararla. El país no puede permitirse más polarización como estrategia de gobierno. En cambio, necesita acuerdos. Los acuerdos exigen confianza. Y la confianza no puede construirse sobre las ruinas de la confrontación permanente.

La segunda vuelta decidirá el próximo presidente. Pero la verdadera prueba empezará a la mañana siguiente. La historia no recordará quién gritó más fuerte en esta campaña. Recordará quién tuvo el valor, la humildad y la grandeza para reconstruir lo que esta campaña ha roto. ■

Juan Manuel Santos fue presidente de Colombia de 2010 a 2018. Ganó el Premio Nobel de la Paz en 2016.

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