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Tras cuatro años de deterioro institucional, irresponsabilidad fiscal y deterioro de la seguridad, el país debe cambiar de rumbo, sostiene Iván Duque

Lo esencial

  • El 21 de junio los colombianos eligen entre Iván Cepeda, aliado del presidente Gustavo Petro —constitucionalmente inhabilitado para volver a presentarse—, y el aspirante de derecha Abelardo de la Espriella.
  • Duque sostiene que la votación es en realidad una pugna entre democracia liberal y abuso de poder del Ejecutivo, no entre izquierda y derecha.
  • Señala una deuda pública récord, un sistema de salud al borde del colapso y la mayor extensión de cultivos ilícitos de coca jamás registrada en Colombia.
Iván Duque, expresidente de Colombia
Ilustración: Dan Williams

En la segunda vuelta presidencial en Colombia el 21 de junio, Iván Cepeda, aliado de izquierdas del presidente Gustavo Petro —inhabilitado por la Constitución para volver a presentarse— se enfrentará al aspirante de derechas Abelardo de la Espriella. Pero los votantes no acudirán a las urnas simplemente para elegir entre izquierda y derecha. Lo que está realmente en juego es una pugna entre dos visiones irreconciliables del Estado: democracia o abuso de poder del Ejecutivo, Estado de derecho o impunidad, gestión tecnocrática o improvisación. Reducir estas elecciones a una división ideológica convencional es no entender su significado más profundo.

Dos visiones del Estado

El actual Gobierno ha pasado cuatro años poniendo a prueba los límites de la Constitución de 1991. Con todas sus imperfecciones, esa carta dotó a Colombia de un poder judicial independiente, un sistema funcional de pesos y contrapesos y un marco de pluralismo político que sobrevivió a décadas de terrorismo. Los intentos del Gobierno del señor Petro de intimidar a los tribunales, colonizar los órganos reguladores y gobernar por decreto cada vez que el Congreso se negó a acatar sus designios no son meras expresiones de desacuerdo político. Reflejan una disposición autoritaria que trata las limitaciones institucionales como obstáculos y no como los cimientos mismos de la república. El señor Cepeda está cortado por el mismo patrón que el señor Petro. El candidato opositor, el señor de la Espriella, defiende en cambio un modelo de democracia liberal en el que el poder tiene límites reales, los jueces son independientes y las normas se aplican por igual a gobernados y gobernantes.

Impunidad frente a legalidad

Pero el argumento institucional es solo parte de la historia. Estas elecciones también enfrentan a los colombianos a una elección fundamental entre impunidad y legalidad. Entre 2014 y 2018, bajo el Gobierno de mi predecesor en la Presidencia, Juan Manuel Santos, el marco de justicia transicional negociado con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) otorgó beneficios extraordinarios a la cúpula guerrillera. Sus comandantes recibieron lo que se denominó sanciones “alternativas” por crímenes de lesa humanidad, arreglos que no implicaban penas privativas de libertad y que preservaban su elegibilidad para ocupar cargos de elección popular. Estas garantías se incorporaron al orden constitucional incluso después de que los colombianos hubieran rechazado el acuerdo de paz original en las urnas en 2016. El resultado fue un proceso construido sobre una contradicción fundacional: el pueblo dijo no, y sin embargo los operadores políticos encontraron una vía procedimental para convertir ese no en un sí.

Colombia no necesita otra negociación —como la que promete el señor Cepeda mediante la continuación de la política de “Paz Total” del señor Petro— que anteponga el bienestar de los actores armados a los derechos de sus víctimas. Necesita un Estado que castigue a los criminales en lugar de recompensarlos.

Gobernar con eslóganes

Más allá de las instituciones y la legalidad hay una tercera cuestión igualmente decisiva para el futuro del país: la capacidad de gobernar. El Gobierno saliente dejará a Colombia en graves dificultades. Su déficit fiscal es uno de los más altos del mundo en relación con el tamaño de su economía, y la deuda pública ha alcanzado niveles récord. El sistema de salud está al borde del colapso. El sector energético afronta graves carencias de suministro tras años de parálisis regulatoria y hostilidad hacia la inversión privada. El entorno de seguridad se ha deteriorado bruscamente a medida que los grupos armados se han expandido, impulsados por la mayor superficie de cultivos ilícitos de coca jamás registrada en el país, con implicaciones críticas para Colombia y sus vecinos. Nada de esto es fruto de la mala suerte. Es la consecuencia de gobernar con eslóganes en lugar de con un plan; populismo disfrazado de transformación.

El balance de 2018-2022

La historia reciente de Colombia ofrece un contraste revelador. El Gobierno de 2018-2022 que presidí logró la tasa de crecimiento anual más alta de la historia moderna de Colombia cuando la economía se recuperó de la pandemia de covid-19. También conseguimos la mayor reducción de la pobreza “multidimensional” desde que se empezaron a registrar datos de este indicador —que tiene en cuenta algo más que los ingresos— hace una década. Además, pese a haber cuestionado aspectos centrales del acuerdo de paz de 2016, priorizó por encima de todo la responsabilidad institucional. Respetó el orden constitucional, acató la ley e implementó los acuerdos de paz, pese a haber heredado restricciones presupuestarias, vacíos institucionales y una presencia limitada del Estado en las regiones más afectadas por la criminalidad.

Pese a esas condiciones, el proceso de paz avanzó en varios frentes importantes: por ejemplo, se ejecutaron 16 planes de desarrollo con enfoque territorial para las zonas afectadas por el conflicto y se entregaron más de 100.000 títulos de propiedad de tierras. En paralelo, el Gobierno aprobó reformas constitucionales que impiden que delitos como el narcotráfico o el secuestro puedan ser objeto de amnistía. La lección es clara: la paz y el Estado de derecho no están reñidos. Colombia no tiene que elegir entre seguridad y reconciliación.

La paz construida sobre la retirada del Estado no es paz en absoluto

Colombia no puede permitirse un modelo de construcción de paz que valore más el aplauso internacional que la seguridad de sus ciudadanos. No debe sacrificar la capacidad institucional para apaciguar a los grupos armados con la esperanza de conseguir un premio Nobel o un titular halagador en el extranjero. Ese enfoque ya le ha costado muy caro al país. En 2015 la suspensión de la aspersión aérea de cultivos ilícitos, justificada por razones sanitarias y ambientales que nunca se demostraron con rigor, coincidió con un aumento explosivo y sostenido de los cultivos de coca y la producción de cocaína. La paz construida sobre la retirada del Estado de su propio territorio no es paz en absoluto, sino el aplazamiento de la guerra, pagado por futuros Gobiernos y futuras generaciones.

Una decisión histórica

Colombia se enfrenta ahora a una decisión histórica. Tras cuatro años de deterioro institucional, irresponsabilidad fiscal y empeoramiento de las condiciones de seguridad, el país tiene la oportunidad de cambiar de rumbo. Las elecciones de 2026 van más allá de las inclinaciones políticas de uno u otro candidato. Se trata de una decisión sobre el país que los colombianos quieren construir para sus hijos y sobre la solidez de las instituciones que harán posible ese futuro.

Iván Duque Márquez fue presidente de Colombia entre 2018 y 2022. Es investigador distinguido y miembro del Círculo de Líderes Mundiales de la Blavatnik School of Government de la Universidad de Oxford.

Lea el artículo invitado sobre la segunda vuelta en Colombia del también expresidente Juan Manuel Santos.

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