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La ministra británica de Asuntos Exteriores sostiene que la política exterior debe adaptarse a una nueva era geoeconómica, mientras la alteración en el estrecho de Ormuz expone riesgos para la seguridad económica.
- La alteración del tráfico en el estrecho de Ormuz está afectando al combustible, los alimentos y los fertilizantes, y el Programa Mundial de Alimentos advierte de que 45 millones de personas en los países más pobres podrían sufrir hambre aguda si el conflicto no se resuelve a mediados de año.
- Es la tercera conmoción económica mundial en seis años, tras la pandemia de covid-19 y la invasión rusa de Ucrania, mientras las cadenas de suministro, los minerales críticos y los aranceles se convierten en instrumentos de presión.
- La respuesta es seguir económicamente abierto sin quedar económicamente expuesto, mediante la resiliencia, las alianzas, la energía limpia y la tecnología de frontera, incluido un compromiso de 500 millones de libras (675 millones de dólares) para la Unidad Soberana de IA.
CON CADA día de alteración en el estrecho de Ormuz, el daño económico aumenta. La disposición de Irán a utilizar como arma una vía navegable es un intento de tomar como rehén a la economía mundial. También deja al descubierto una vez más las vulnerabilidades estratégicas en el corazón del comercio mundial y nos recuerda que —en esta nueva era de la geoeconomía— debemos reforzar urgentemente nuestra seguridad económica.
Al afectar al combustible, los alimentos y los fertilizantes, la crisis de Ormuz está perjudicando a familias y empresas de todo el mundo. Mientras los precios del petróleo cambian día a día, las consecuencias agrícolas se agravarán a lo largo de semanas y meses, haciéndose sentir en las temporadas de siembra y en las futuras cosechas. El Programa Mundial de Alimentos ha advertido de que 45 millones de personas en los países más pobres podrían verse abocadas al hambre aguda si el conflicto no se resuelve a mediados de año.
Como ministra británica de Asuntos Exteriores, este mes he trabajado para generar presión internacional a favor de una reapertura plena y rápida del estrecho —restableciendo la libertad de navegación, sin restricciones, condiciones ni peajes—. Los planes de Irán de imponer peajes socavarían de forma fundamental el derecho del mar y sentarían precedentes perjudiciales para el comercio marítimo en todo el mundo.
La crisis de Ormuz no es una excepción
Es la tercera vez en seis años que los acontecimientos internacionales provocan sacudidas económicas en todo el mundo. La pandemia de covid-19, la invasión rusa de Ucrania y ahora el conflicto de Irán. La inestabilidad y la volatilidad son la nueva normalidad y los países de todo el mundo recurren cada vez más a instrumentos económicos para ejercer influencia global, ya sea para coaccionar o para limitar.
Las cadenas de suministro, antes puramente comerciales, se consideran ahora vulnerabilidades estratégicas. Se intensifica la competencia por el control de los minerales críticos esenciales para los vehículos del futuro, los sistemas de defensa y la transición energética, con China decidida a mantener y explotar su actual ventaja de producción, y con retos derivados de las restricciones y los controles a la exportación. Además, los aranceles están aumentando, con derechos estadounidenses en niveles no vistos desde la década de 1930.
Son cambios que definen a una generación. Durante gran parte de las últimas décadas, el mundo democrático operó bajo el supuesto de que la globalización económica y el libre comercio ampliarían las oportunidades, reducirían las barreras y extenderían la prosperidad. Un marco común de normas y estándares daría a las economías la estabilidad necesaria para crecer.
Esos supuestos siempre fueron insuficientes. Demasiadas personas no experimentaron los beneficios de la globalización y concluyeron que las promesas hechas en su nombre no se cumplieron. Pero ahora esos supuestos se están desmoronando como parte de un desafío más amplio y fundamental a las economías abiertas y al orden basado en normas.
Ante esta convulsión, no podemos simplemente renunciar a las normas y aceptar un mundo en el que la fuerza impone la razón y la coacción se normaliza. Pero tampoco debemos intentar reconstituir el viejo orden. En su lugar, debemos trabajar para seguir económicamente abiertos, con beneficios para todos, sin quedar económicamente expuestos. De ello se derivan varias implicaciones.
Seguir abiertos sin quedar expuestos
1. Tratar la prosperidad y la seguridad de forma conjunta
En primer lugar, la prosperidad y la seguridad ya no pueden tratarse por separado. Porque cuando los países dependen excesivamente de un único proveedor, de rutas de tránsito frágiles o de tecnologías concentradas, eso va más allá de la debilidad económica y se convierte en una vulnerabilidad estratégica.
Unas cadenas de suministro resilientes no son una cuestión técnica, sino esenciales para la fortaleza nacional y centrales para la política exterior. Por eso he pedido al Foreign Office que dé prioridad no solo al crecimiento económico, sino a la resiliencia económica en nuestras relaciones en todo el mundo.
2. Posicionarse con habilidad entre los grandes bloques
En segundo lugar, en plena competencia entre grandes potencias, países como el Reino Unido deben posicionarse con habilidad en torno a los grandes bloques mundiales. Para nosotros, eso incluye reforzar la cooperación con nuestros vecinos más cercanos.
Tras haber restablecido ya nuestra relación con la UE, ahora buscamos una mayor colaboración —incluida la seguridad y la defensa y la armonización para reducir los costes de los alimentos y la energía—. Nuestras alianzas con Estados Unidos, desde el comercio hasta la inteligencia y la OTAN, siguen siendo indispensables, y nuestra relación con China aporta beneficios económicos. Pero en cada decisión evaluaremos lo que responde a nuestro interés nacional, protegiéndonos y preservando nuestra capacidad de acción.
3. Crear coaliciones ágiles más allá de los bloques
En tercer lugar, las naciones comerciales situadas fuera de esos grandes bloques deben colaborar de formas nuevas y ágiles. El Reino Unido no es una superpotencia en solitario, pero tenemos un peso económico real, fortaleza tecnológica y alcance global, reforzados por la pertenencia a agrupaciones económicas clave como el Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico, un grupo de libre comercio de alto estándar, cuya membresía estamos trabajando para ampliar.
El Reino Unido está bien acompañado por otras potencias que están reevaluando su propia resiliencia económica: países que también están dispuestos a defender un orden basado en normas que refleje sus intereses y valores. Un ejemplo es la reciente oleada internacional de apoyo a la libertad de navegación y a la defensa del derecho del mar.
Y veo un gran potencial en aprovechar mejor el peso colectivo entre socios afines. Ese fue el objetivo de mi reciente visita a Japón, donde me reuní con ministros que trabajan en seguridad económica, y es la razón por la que he invitado a ministros de Asuntos Exteriores de países como Australia, Canadá y la República de Corea a debatir los retos geoeconómicos más acuciantes. Se trata de trabajar juntos para defender una economía internacional abierta y adaptarla a una era más disputada.
4. Aprovechar la transición hacia la energía limpia
En cuarto lugar, debemos aprovechar el momento para una transición hacia la energía limpia. Durante un siglo, la energía mundial se ha basado en recursos concentrados, cárteles de producción y puntos de estrangulamiento geográficos. La crisis de Ormuz subraya lo inestable que resulta ese modelo.
Tenemos una oportunidad histórica para reducir nuestra dependencia de los volátiles combustibles fósiles y para liderar e impulsar esa transición a escala mundial. Cada aerogenerador, cada panel solar y cada central nuclear refuerzan nuestra resiliencia energética y protegen a familias y empresas de futuras perturbaciones.
5. Competir en tecnología de frontera e IA
Por último, la tecnología de frontera está en el centro del futuro poder económico —con Estados Unidos y China ya muy por delante—. La IA determinará el rumbo del empleo, la inversión y el crecimiento, pero también la resiliencia de nuestras sociedades y de las infraestructuras nacionales críticas.
Por eso el Gobierno británico va mucho más lejos para reforzar las capacidades nacionales de las que dependen nuestra soberanía y prosperidad. Este mes, por ejemplo, hemos lanzado la siguiente fase de la Unidad Soberana de IA del Reino Unido, respaldada por un compromiso de 500 millones de libras (675 millones de dólares) para desarrollar capacidades nacionales básicas de IA.
Pero la diplomacia económica también es crucial aquí: debemos seguir trabajando para configurar las normas y reglas globales necesarias para una gobernanza eficaz de estas fuerzas nuevas, potentes y sin precedentes.
La defensa realista de la apertura
En un mundo de cambios profundos, las decisiones económicas configuran ahora la seguridad y la soberanía tanto como la prosperidad. Para países como el Reino Unido, la respuesta no es replegarse de la apertura, sino ser más realistas sobre lo que significa la apertura y sobre los cambios diplomáticos necesarios para garantizar que nuestras alianzas en el exterior nos hagan más seguros y prósperos en casa.
Yvette Cooper es la ministra británica de Asuntos Exteriores.
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