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- El historiador Richard White sostiene que Estados Unidos ha entrado en una segunda edad dorada definida por la riqueza extrema, el poder monopolístico y la corrupción política.
- Igual que los ferrocarriles impulsaron auges, crisis y monopolios a finales del siglo XIX, la economía digital actual reproduce a los ferrocarriles con exceso de capacidad y el dominio de los «siete magníficos».
- La primera edad dorada no terminó por la acción de los mercados, sino por la política antimonopolio, una fuerza que, según White, hoy está ausente.
A lo largo de la edad dorada estadounidense de finales del siglo XIX, las expansiones y los colapsos se sucedieron con tanta regularidad que parecían el ritmo normal del capitalismo. La ostentación fastuosa de los plutócratas aportó el dorado que dio nombre a aquellas décadas; cada crack sacó a la luz la miseria, la enfermedad y la injusticia bajo la superficie pulida.
Lo que un «patrimonio suficiente» debía garantizar
Después de la Guerra Civil, los estadounidenses esperaban que la abolición de la esclavitud y la victoria del trabajo libre trajeran algo más: una sociedad en la que todo hombre dispuesto —el trabajo de las mujeres no se contabilizaba—, fuera agricultor, artesano o pequeño propietario, pudiera asegurarse un patrimonio suficiente. Aquel término, hoy casi olvidado, significaba lo bastante para mantener un hogar, encaminar a los hijos en la vida y aun reservar algo para una vejez segura.
Unida al trabajo libre y al patrimonio suficiente estaba la creencia de que la economía estadounidense existía ante todo para sostener la república. Debía crear ciudadanos económicamente autosuficientes, al margen del dictado o el soborno de los poderosos y los ricos. Lo que surgió en cambio fue un país de jornaleros dependientes de sus patronos. Entre los trabajadores pobres, la inseguridad económica se volvió tan aguda que a menudo la comparaban con la esclavitud.
Los beneficiarios propusieron otro criterio: producir la mayor riqueza posible. El individualismo, antes equiparado a la autosuficiencia, pasó a significar la capacidad de enriquecerse. La riqueza se convirtió en la prueba del talento y del valor personal, y su distribución dejó de ser asunto de la república.
Cómo el crecimiento y los ferrocarriles construyeron una economía monopolística
El crecimiento se disparó, impulsado por la apropiación de un continente rico en recursos y por la abundante mano de obra aportada por la inmigración a gran escala. El carbón, y luego el petróleo, dieron energía a nuevas tecnologías basadas en el hierro y el acero. Washington apoyó a las industrias emergentes con concesiones de tierras, crédito, garantías para bonos y aranceles proteccionistas. El cabildeo se desarrolló para obtener esos favores, mientras la fiscalidad protegía la desigual acumulación de fortunas que siguió. Nuevos mercados de capitales, apoyados en redes de información que vinculaban la industria, las finanzas y el Gobierno, dirigieron los fondos necesarios para la expansión y generaron por sí mismos fortunas. La corrupción mercantil y política campó a sus anchas.
Los ferrocarriles impulsaron y encarnaron aquella economía. Su expansión desencadenó las fases alcistas y provocó las bajistas. Las líneas se multiplicaron más allá de lo necesario, cubriendo un kilometraje excesivo para una carga y un pasaje insuficientes. Semejante sobreconstrucción era una locura, pero los promotores temían quedarse atrás. Las recesiones llegaban cuando los ferrocarriles construidos con dinero prestado incumplían los bonos, no podían pagar los intereses de los préstamos y entraban en administración judicial. El suelo que un día parecía firme se convertía al siguiente en arenas movedizas.
El ferrocarril se convirtió en la industria pionera dominada por las corporaciones, y aquellas empresas eran monopolios en el sentido que el siglo XIX daba al término. Sus rutas, tarifas y condiciones decidían el destino de la gente común, los empleados, los agricultores y los pequeños negocios, que por lo general no tenían alternativa para viajar o transportar mercancías. Aquel poder se ejerció sin piedad y provocó odio.
Cómo la política antimonopolio puso fin a la primera edad dorada
La política de la edad dorada se convirtió en una pugna entre antimonopolistas y sus adversarios. El primer sueño antimonopolio de una república de productores autónomos se derrumbó: aquel mundo había desaparecido para siempre. Su versión posterior, que admitía que ciertos monopolios eran inevitables, insistió en la supervisión del Estado. Esa postura se convirtió en la doctrina consensuada de la posterior era progresista y, más tarde, del New Deal de Franklin Roosevelt.
Se presume que toda época distinguida como «era» es pasajera. Durante gran parte del siglo XX, la edad dorada pareció singular, dolorosa y lamentable. El Estado administrativo funcionaba. Los plutócratas parecían tan extintos como los dinosaurios.
Por qué ha regresado Jurassic Park
Sin embargo, ahora habitamos Jurassic Park. En una famosa imagen de la segunda investidura del presidente Donald Trump, los dinosaurios —Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Elon Musk y otros— llenan la tribuna. Han vuelto los plutócratas cuya influencia amenaza con corromper la república. Fortuna y cargo público vuelven a parecer fusionados. Los negocios en beneficio propio se han vuelto rutinarios.
El aparato regulador que extinguió a los plutócratas anteriores y a sus costumbres nunca se adaptó a un mundo transformado y a una economía mundial. Fue vaciado desde dentro. La economía digital actual reproduce a los ferrocarriles de su época en su propensión al exceso de capacidad y en su ciclo de euforia y colapso. Los «siete magníficos» dominan los mercados de capitales. Las decisiones fiscales canalizan la riqueza hacia arriba.
Qué hace más salvaje a esta edad dorada — y qué podría ponerle fin
Estados Unidos no ha duplicado la primera edad dorada. Sin embargo, ha creado otra variante de capitalismo de invernadero que permite que resurjan las características más viles de aquella época. Y ha introducido otras nuevas: la plutocracia del siglo XIX nunca produjo al hombre fuerte que los padres fundadores temían como peligro mortal para la república.
Lo que le falta al paralelismo entre épocas es un equivalente actual de la política antimonopolio del siglo XIX. Presente antaño en todos los partidos, presionaba con fuerza por una competencia justa y una idea amplia del bien común. Reclamaba un patrimonio suficiente —quizá descrito hoy como asequibilidad—. Mientras tanto, la noción de que la economía debía forjar ciudadanos republicanos autosuficientes se ha invertido; la salud republicana se mide ahora por los bienes baratos y un PIB elevado.
A finales del siglo XIX, la alarma por la desigualdad y las violentas oscilaciones económicas acabó con la edad dorada. Los mercados no impulsaron ese cambio. Lo hizo la política.
Richard White · Stanford University
Richard White es catedrático de historia de Estados Unidos en la Universidad de Stanford.
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