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Dos semanas libres, pero ¿cuántos días de auténtico descanso? Es verano, al menos en el hemisferio norte, lo que significa oficinas más vacías y aeropuertos más llenos.

Ilustración de un hombre con gafas de sol sentado en un flotador hinchable con forma de flamenco rosa mientras trabaja con un portátil
Ilustración: Paul Blow
En resumen

  • Unas vacaciones de dos semanas solo ofrecen un breve respiro de auténtica relajación tras una preparación frenética y un turismo vivido como trabajo.
  • Al desconectar llega la constatación de que gran parte del trabajo semanal ni te necesita ni tiene un valor duradero.
  • La motivación por priorizar sin contemplaciones a la vuelta se diluye enseguida en los viejos hábitos… y en la necesidad de otras vacaciones.

En teoría, las vacaciones son un tiempo para relajarse de verdad. En la práctica, hay varias etapas que atravesar antes de que llegue ese momento, y varias más que vivir antes de volver a estar inmerso de lleno en el trabajo.

1. La fase de preparación

Necesitas unas vacaciones con urgencia. En los últimos días antes de irte, completas tus tareas más urgentes, como ordenar tu escritorio.

Dices a tu equipo que confías plenamente en ellos y, en la misma frase, que te avisen si surge cualquier cosa, por insignificante que sea. En consecuencia, no sienten que confíes en ellos en absoluto.

Piensas en activar el mensaje de fuera de la oficina y decides no hacerlo: en realidad no supone ningún problema mirar el móvil de vez en cuando. Al salir de la oficina, crees que estás incubando un resfriado.

2. La fase de relajación a toda costa

Pasas los primeros días afrontando las vacaciones como si fueran trabajo. Dedicas un montón de tiempo a preguntar a modelos de IA por lugares que visitar fuera de las rutas turísticas.

En una mañana típica, conduces dos horas para desayunar en un sitio recomendado por ChatGPT que resulta estar cerrado, y luego visitas un museo dedicado al ancestral arte de curar pescado.

A la hora de comer, bebes vino y después te quedas dormido. Consideras ese periodo de inconsciencia como tiempo que podrías haber dedicado a relajarte. Eres dolorosamente consciente del paso del tiempo, de cómo tus días de libertad se escapan.

Coges un libro y, en lugar de leerlo, te preocupa no estar disfrutando de tu ocio de formas aún más ociosas. Estás muy tenso para ser alguien que está de vacaciones.

3. La fase de desconexión

Mientras tanto, revisas el correo de vez en cuando e intervienes en asuntos en los que no deberías. Recibes un par de mensajes de WhatsApp y te piden que te unas a una llamada, y te sientes irritado y halagado a la vez. ¿Es que no podéis hacerlo sin mí? ¡No podéis hacerlo sin mí!

Mientras clasificas los mensajes entre los que hay que atender rápido y los que pueden esperar, te das cuenta poco a poco de cuánto de lo que ocurre cada semana a) no te necesita para nada y b) no tiene ningún valor duradero.

Empiezas a ignorar la mayoría de los mensajes; si es importante, ya encontrarán la forma de localizarte. Activas el mensaje de fuera de la oficina.

4. La fase del delirio

Por fin, empiezas a relajarte. Te quedas en la cama un poco más. No miras tanto el móvil. Te das cuenta de que en la oficina la reunión semanal de ventas está teniendo lugar justo en este mismo instante, y te ríes a carcajadas de lo pequeña que era tu antigua vida.

Bastante pronto, empiezas a perder el contacto con la realidad. Piensas en mudarte al lugar donde estás, olvidando que lo estás disfrutando porque hace buen tiempo y no estás trabajando.

Empiezas a calcular cuándo podrías jubilarte. Fantaseas con trabajar al aire libre, quizá en el kayak de mar o haciendo algo artesanal en un muro de piedra seca.

5. La fase de motivación

El final de las vacaciones se acerca rápidamente. Te das cuenta de que el kayak de mar te produce ampollas y de que aquello para lo que estás mejor preparado no tiene nada que ver con muros de piedra seca.

Vuelves a mirar los correos, pero solo los que importan. Te sientes motivado para volver. Has visto cuánto tiempo se dedica a cosas sin importancia y estás decidido a priorizar de forma mucho más implacable. Tienes muy buenas ideas para mejorar la reunión semanal de ventas.

6. La fase de reincidencia

Vuelves a la oficina lleno de energía. Te ves y te sientes más sano que tus colegas. Entonces mantienes la misma conversación 800 veces. «¿Qué tal las vacaciones?» «De maravilla». «¿Adónde fuiste?» [Inserta la respuesta]. «¿Qué hiciste allí?» [Inserta los detalles].

Pronto te das cuenta de que a nadie le interesa adónde fuiste y empiezas a inventarte las respuestas. «¿Adónde fuiste?» «A Wakanda». «¿Qué hiciste?» «Visitamos las minas de vibranium». «Ah, siempre he querido hacer eso».

Es agradable ver a la gente. Es bueno tener un sentido de propósito. Pero enseguida vuelves a los viejos hábitos. Un calendario vacío se siente menos como una priorización implacable y más como una exhibición pública de que sobras; los huecos no tardan en llenarse de nuevo.

Cuando llegan correos, los respondes de forma indiscriminada. Tu escritorio se vuelve más desordenado. Asistes a la reunión semanal de ventas y recuerdas vagamente que una vez tuviste una idea para mejorarla.

Los colegas vuelven de sus propios descansos y les preguntas qué tal fueron sus vacaciones. No estás escuchando las respuestas. Parecen tan sanos, tan llenos de energía. Crees que estás incubando otro resfriado. Necesitas unas vacaciones con urgencia.

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