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El mes pasado pronuncié el discurso principal de graduación en la Universidad de Pensilvania, en Filadelfia, donde hace 250 años nuestros fundadores firmaron la Declaración de Independencia. Cuando elogié el Estado de derecho, un hombre se levantó furioso, me mostró el dedo corazón y salió airado. Así es Estados Unidos en 2026, y la pregunta es qué queda de la ciudad sobre la colina.

- Estados Unidos en 2026 está envuelto en ira, polarización y miedo, con una fe menguante en los principios básicos de los fundadores.
- Los principios amenazados son el Estado de derecho, la fe en unas elecciones libres y justas, y la autocrítica y la disidencia implacables.
- La disputada elección de 1876 muestra el coste de abandonar los principios; los «vínculos de afecto mutuo» de Lincoln señalan el camino para reparar.
El público estaba jubiloso y era amable, con esa única excepción de la que me enteré después. Antes de exagerar nuestra actual situación nacional, conviene recordar que Estados Unidos ya ha superado graves crisis. Pero lo que lo ha sostenido una y otra vez es la adhesión —por imperfecta que sea— a ciertos principios fundacionales compartidos.
En su discurso de investidura de 1933, en lo más hondo de la Gran Depresión, Franklin Roosevelt dijo sobre los problemas de la nación: “Gracias a Dios, solo afectan a cosas materiales”. En cambio, la sociedad actual no solo sufre la desigualdad en las “cosas materiales”, sino una pérdida de fe en algunos de los principios más básicos que los fundadores exaltaron en sus debates sobre la Constitución. Durante gran parte de la historia de Estados Unidos, sus ciudadanos los aceptaron de forma tan generalizada que eran casi una fórmula rutinaria. Pero algunas de las ideas más antiguas y sagradas resultan hoy casi radioactivas en Estados Unidos.
El Estado de derecho y la igualdad ante la justicia
El primero de ellos es el Estado de derecho. A diferencia de la cínica Europa, donde los reyes corruptos solían indultar a sus amigos y encarcelar a sus enemigos, la generación revolucionaria estadounidense soñó que el nuestro sería un país de justicia igualitaria en el que el sistema judicial no otorgara favores especiales ni castigos especiales.
Sin embargo, hoy, quizá más que nunca, se prodigan resoluciones favorables en materia de competencia a los aliados del actual Gobierno mientras el Departamento de Justicia procesa a sus adversarios políticos.
La fe en unas elecciones libres y justas
El segundo principio amenazado es la fe en unas elecciones libres y justas. Cuando estaba en primero de primaria en 1960, nuestra maestra colocó una manta sobre dos caballetes para que votáramos en secreto por John F. Kennedy o Richard Nixon. Convencido por mis compañeros, emití mi primer “voto” por Nixon.
En aquellas elecciones, como a lo largo de la historia estadounidense, hubo cierta corrupción electoral que exigió un escrutinio riguroso. Pero nunca antes en nuestra historia un número considerable de estadounidenses temió, como muestran hoy las encuestas, que unas elecciones nacionales pudieran ser obstaculizadas o anuladas por fuerzas federales alegando de forma dudosa una “emergencia nacional”.
Tanto Abraham Lincoln durante la guerra civil como Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial recibieron consejos de restringir gravemente o incluso cancelar las elecciones. En cambio, esos grandes líderes insistieron en que la votación siguiera adelante, con el deseo de demostrar que incluso durante crisis existenciales —ambas mucho más graves que cualquier peligro inmediato actual— Estados Unidos debía defender la letra y el espíritu de su democracia, y que su democracia funciona.
Aprender de los fracasos, no ocultarlos
El tercer principio que los estadounidenses corren el peligro de perder es igualmente fundamental. Los fundadores querían que todos los estadounidenses prestaran mucha atención tanto a los fracasos como a los triunfos de nuestro presente y nuestro pasado. A diferencia de los monarcas absolutos o los dictadores, querían que los estadounidenses aprendieran de sus errores. Creían que solo seríamos un país mejor si éramos implacablemente autocríticos y capaces de autocorregirnos.
No he encontrado nada que sugiera que los fundadores imaginaran jamás que las autoridades federales cerrarían exposiciones de museos o destruirían carteles en lugares históricos —como están haciendo ahora— que informan a los visitantes sobre las lacras del pasado de la nación, como los males de la corrupción política o la esclavitud y la tortura de seres humanos.
Lo que pensamos sobre la historia y quiénes son nuestros héroes no debería ser dictado a los estadounidenses por el mezquino capricho de ningún Gobierno federal de cuatro años, sea de izquierdas o de derechas. Ni los historiadores ni los ciudadanos deberían ser tratados como payasos de circo obedientes.
De hecho, la mayoría de los fundadores consideraba al disidente tan patriota como al estadounidense que celebra a un presidente en ejercicio. ¿Acaso los rebeldes de 1776 no estaban disintiendo del rey británico?
¡No basta con permitir la disidencia. ¡Debemos exigirla!
El senador Robert Kennedy a los estudiantes de Berkeley, 1966
En 1966, en plena escalada militar del presidente Lyndon B. Johnson en Vietnam, el senador Robert Kennedy dijo con contundencia ante un receptivo público de estudiantes de Berkeley en edad de ser reclutados: “¡No basta con permitir la disidencia. ¡Debemos exigirla!”.
¿Qué queda de la ciudad sobre la colina?
Los fundadores concibieron un sistema político estadounidense basado en la honradez, la franqueza, la competencia, la ética elevada, la compasión, la decencia y el sacrificio personal. Kennedy y Ronald Reagan citaron a John Winthrop, uno de los primeros gobernadores de la colonia de la bahía de Massachusetts, quien dijo que siempre debíamos comportarnos como ciudadanos de una “ciudad sobre la colina”, con todos los “ojos” puestos en nosotros.
Thomas Jefferson soñó con una cultura política tan eficaz que se extendería por todo el mundo. ¿Cómo vamos en 2026? ¿Quieren otros países que sus sistemas políticos se parezcan al nuestro?
1876: cuando se abandonaron los principios
Si otros momentos de la historia estadounidense muestran la resiliencia de los principios democráticos bajo presión, el centenario de la fundación de la nación en 1876 muestra lo que ocurre cuando esos principios se abandonan. Aquel año, la muy disputada elección presidencial entre el republicano Rutherford B. Hayes y el demócrata Samuel Tilden solo se resolvió mediante un turbio pacto entre bambalinas.
Aunque Tilden había ganado el voto popular, los republicanos se hicieron con la presidencia al asumir el compromiso hipócrita y sórdido de retirar las tropas federales del Sur, poniendo fin de forma abrupta a la Reconstrucción.
Aquel pacto corrupto frenó en seco el sueño de Lincoln de que los estadounidenses negros liberados pudieran disfrutar, en poco tiempo, de sus derechos legales conquistados con tanto esfuerzo. Todos los estadounidenses sufren hasta hoy las consecuencias de aquel feo cambalache.
Vínculos de afecto mutuo
Mi deseo para el próximo aniversario es que escuchemos el anhelo de George Washington de que todos los líderes y ciudadanos estadounidenses se esfuercen por curar y unir a una nación dividida. Por brutales que sean nuestras diferencias políticas, debemos reafirmar que estamos unidos por lo que Lincoln llamó “nuestros vínculos de afecto mutuo”.
Si recordamos y volvemos a abrazar algunas de estas tradiciones más profundas de la democracia estadounidense, en el futuro parte del tumulto y los abucheos que vemos y oímos en nuestro 250.º cumpleaños demostrarán haber sido una aberración pasajera. Como dice el famoso aforismo político, los males de la democracia se curan mejor con más democracia.■
Michael Beschloss es historiador y autor de nueve libros sobre la presidencia, entre ellos “Presidents of War: The Epic Story, from 1807 to Modern Times” (2018).
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